Monumento al esparto
Tejer el recuerdo
Cuando desde el Ayuntamiento de Carboneras me transmitieron su intención de realizar una escultura conmemorativa que representara el esparto, no hubo duda: la primera imagen que acudió a mi mente fue la de unas manos tejiendo. No unas manos cualquiera, sino aquellas que había observado de niño en mi pueblo, Urrácal, cuando pasaba por la casa del vecino Ángel. A menudo se le veía sentado en la puerta, concentrado, trenzando su pleita con una naturalidad hipnótica.


Sus manos, curtidas por el roce constante de la fibra, se movían con una precisión que parecía innata. Eran gestos certeros, cargados de una sabiduría que no se aprende en los libros, sino en la repetición diaria del trabajo. Aquella escena cotidiana era, sin saberlo entonces, la recreación viva de un pasado no tan lejano, un tiempo en el que la artesanía no era un espectáculo para el visitante, sino una necesidad silenciosa que daba forma a la vida y al paisaje.


La belleza, pienso ahora, siempre ha habitado en esos gestos. En las manos que han visto pasar toneladas de esparto a lo largo de una vida. La figura del artesano, su presencia serena y su oficio, ya merecían por sí solos una recreación escultórica. Pero fue al fijarme en las manos, en su potencial expresivo y en su capacidad para concentrar toda una tradición en un solo movimiento, cuando la escultura encontró su razón de ser.
Por eso, el Monumento al esparto no es solo un homenaje a una planta o a una industria. Es la congelación de un instante preciso: el momento del entrelazado, el gesto necesario y casi invisible que convierte la fibra bruta en pleita. Las manos no posan; actúan. Están detenidas en el aire, pero llenas de movimiento, representando esa danza silenciosa entre la destreza y la materia que durante generaciones ha tejido la memoria de nuestros pueblos.



